Me hablaron por teléfono a las 5 de la madrugada. A 1,500 millas de distancia desde San Antonio, mi hermana Deana fue directo al grano.

"Anoche falleció Ted".

Se fue Theodore Edward Siniff, el segundo de ocho hijos e hijas. Sé cuánto luchó en contra de un debilitante dolor de espalda, el alcoholismo, el exceso en consumo de drogas y depresión, durante largos años.

Este cóctel tan familiar persiste cotidianamente en este país.

"¿Qué pasó?", pregunté, casi sin respirar.

"Se suicidó".

Y como lo destaqué en el panegírico leído en honor de mi hermano mayor en sus funerales, a fines del 2011, no todos los decesos son trágicos.

Mis abuelos vivieron bien hasta los 90 años, después de todo. Pero los "por qué" se mezclan únicamente con lágrimas cuando una persona camina sobre una pedregosa, dolorosa y totalmente impredecible vereda y ese tramo termina con un tiro en la sien y una familia destrozada.

Durante los próximos días y años, los familiares de la cantante campirana Mindy McCready se dedicarán cada intercambio verbal, cada palabra pronunciada, cada súplica de auxilio sin responder y que derivó en la tragedia ocurrida el domingo, cuando la cantante, de 37 años y de voz sedosa, se quitó la vida de un solo tiro.

Su novio David Wilson, productor de discos, hizo lo mismo apenas el mes anterior, una doble tragedia desenvuelta lentamente, pero predecible, en público.

Sus dos pequeños huérfanos crecerán en este desastre.


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La muerte de mi hermano, a sus 53 años, también fue poco digna, pero privada. Su fallecimiento fue uno de los 19 mil suicidios cometidos con arma de fuego cada año, y nadie se entera de estos sucesos.

Incluso mis antiguos colegas, quienes me conocen como si fuera de su propia familia, únicamente se enterarán de este hecho al leer esta columna. Me mantuve hermético al respecto. Todavía abunda el estigma en torno al suicidio.

Aparentemente, a la sociedad se le hace fácil voltear a otro lado.

No obstante, son suicidios las dos terceras partes de los decesos ocurridos en Estados Unidos por disparo de arma de fuego en Estados Unidos, anualmente.

Estos tristes y trágicos finales aparecen en los obituarios locales, en Facebook y en los rostros de los afligidos sobrevivientes, pero rara vez son noticia en la prensa.

Excepto en semanas como ésta, cuando atestiguamos la caída de una estrella.

Un panorama empañado

En Estados Unidos, dos personas se suicidan con arma de fuego, por hora, pero el debate sobre posesión de armas se concentra con frecuencia en los más improbables de todos los tiroteos: las matanzas contra extraños.

Ciertamente, nos detenemos, aunque sea brevemente, para analizar cada matanza a tiros ocurrida vertiginosa e incomprensiblemente.

Hacemos una pausa para analizar una sociedad férrea en el tema de armamento, pero débil en cuanto a respuestas.

La enormidad de los tiroteos como la furia demostrada en cines como Aurora, Colorado, y luego en contra de una primaria en Newtown, Connecticut, nos deja helados y nos obliga a una búsqueda colectiva de almas, como debiera ser.

Deberíamos sentirnos acechados por las imágenes de inocentes caídos dentro de un aglomerado cine, y de escenas donde niños y niñas se encogen de pavor dentro de las aulas.

Pero en este país donde sólo se habla sobre la necesidad de un control en armamento, en reformas a nuestro sistema de salud mental y, así, salvar vidas, el suicidio en Estados Unidos y, sí, el suicidio cometido con arma de fuego, no debería ser una ocurrencia tardía.

Debe ser el pilar de cualquier idea encaminada a salvar vidas.

La muerte de mi hermano probablemente suene estremecedoramente familiar para muchos lectores y lectoras de esta columna.

Se veía maltrecho y oprimido cuando mi prometida, hoy mi esposa y yo lo vimos un mes antes de darse un disparo.

Con una sonrisa forzada, nos detalló su última intervención quirúrgica para corregir unas terminales nerviosas y un doloroso problema en la pierna.

Aún me duele el recordar la tristeza de su mirada. Aunque en ese entonces no podía adivinar qué le ocurría, sí debí saberlo. Sé cómo mi mamá y mis otros hermanos y hermanas efectúan este inútil ejercicio, eso de "si hubiera", una y otra vez.

Días finales de desesperación

No fue sino hasta mi llegada a las honras fúnebres cuando me enteré de cuán frenéticos fueron sus últimos días: tratamiento en una clínica, buscando refugio en la casa de otro hermano, intentos desesperados de otro pariente para atenderlo médicamente.

Luego, lo dieron de alta en la clínica porque, simple y llanamente, les fue imposible tenerlo internado.

Horas después, se dio un tiro en el cráneo.

Ignoro qué tipo de legislación sobre armas o qué clase de reformas deben ser implantadas en nuestro sistema de salud le hubieran salvado la vida a mi consanguíneo.

Ni una, seguramente. Pero sí sé que, mientras contamos las víctimas de la violencia por armas de fuego y analizamos cómo debe proceder nuestro país, debemos incluir a personas como Ted en las 19 mil personas quienes se disparan en contra de ellas mismas.

Basta de agachar la cabeza.

John Siniff, el benjamín de ocho hijas e hijos, es el editor de la noticia principal en el diario USA Today.

Traducción: Marisela Ortega Lozano, mortega@elpasotimes.com; 542-6077.