Un hombre pone sus manos en una cerca de alambre con vista hacia Estados Unidos desde una estación aduanera mexicana tras de que lo detuviera la Patrulla
Un hombre pone sus manos en una cerca de alambre con vista hacia Estados Unidos desde una estación aduanera mexicana tras de que lo detuviera la Patrulla Fronteriza estadounidense en Arizona y lo regresara a México, en la localidad mexicana de Nogales, el 18 de mayo de 2006. (AP Foto/Gregory Bull) (Gregory Bull)
Alguna vez, por la faja de desérticas mesetas y cañones llenos de arbustos que llega al océano Pacífico cruzaban las rutas más populares entre quienes intentaban ingresar ilegalmente a Estados Unidos desde México. Decenas de personas a la vez corrían hacia vehículos que los esperaban o hasta una parada de tranvía en San Diego, pasando junto a agentes que estaban demasiado ocupados deteniendo a otros que también habían entrado al país sin autorización.

Hoy, 20 años después, para hacer ese cruce hay que trepar dos muros, uno de los cuales tiene alambre de púas en la parte de arriba, esquivar un ejército de agentes y burlar la vigilancia de cámaras que captan todo lo que sucede.

La diferencia, según dijo la secretaria de Seguridad Nacional Janet Napolitano durante un reciente recorrido por la zona, es la misma que hay entre "un cohete y un carro tirado por un caballo".

Las cifras lo dicen todo: En el año fiscal de 1993 hubo 530.000 arrestos en San Diego y en el 2012 menos de 30.000.

No hay forma sencilla de medir la seguridad de la frontera. Pero muchos tratan de hacerlo en el fragor del debate en torno a una reforma a las leyes de inmigración.

"Asegurar la frontera primero que nada" se ha convertido en una expresión obligada cuando se habla de reforma y para numerosos sectores es el punto de partida de cualquier iniciativa de ese tipo.

"Hace falta una solución responsable, permanente" a la inmigración no autorizada, afirmó el senador Marco Rubio, republicano de la Florida que trabaja en la elaboración de ese proyecto de ley, durante la respuesta al informe anual del presidente Barack Obama. "Pero primero", acotó, "tenemos que hacer realidad las promesas incumplidas del pasado de garantizar la seguridad de la frontera y de hacer cumplir nuestras leyes".

De hecho, es más difícil que nunca cruzar sin permiso los 3.144 kilómetros (1.954 millas) de frontera. San Diego es tan sólo un ejemplo.

Dos décadas atrás, menos de 4.000 agentes de la Patrulla Fronteriza vigilaban toda la frontera sudoccidental. Hoy lo hacen 18.500 agentes. Y se ha construido un muro a lo largo de 1.047 kilómetros (651 millas), la mayor parte desde el 2005.

Las detenciones bajaron a niveles que no se veían desde comienzos de la década de 1970. En el año fiscal del 2012 hubo 356.873 arrestos, comparados con los 1,2 millones de 1993, en que nuevas estrategias hicieron que se destinasen más agentes y tecnología a las comunidades fronterizas de California, Texas, Nuevo México y Arizona. En la actualidad hay sensores, cámaras y aviones no tripulados que vigilan la zona.

Para quienes viven y trabajan en las comunidades fronterizas, la palabra "seguridad" tiene tal vez otro significado. En Arizona, los ganaderos se burlan de esa expresión. En Nuevo México la gente se preocupa de lo que va al sur, no sólo de lo que viene al norte. En Texas, los residentes creen firmemente que la reforma ayudará a estabilizar el flujo de personas y de drogas.

Todos estos lugares han sido transformados. Pero, ¿sellados? No. Como dice un alcalde de una ciudad fronteriza: "¿Qué tan segura es la seguridad?"

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SAN DIEGO

Don McDermott pasó la mayor parte de sus 21 años como agente de la Patrulla Fronteriza en el sector de San Diego. Recuerda las corridas de multitudes de inmigrantes que rebasaban a la vez los puestos fronterizos ante el desconcierto de los automovilistas.

Por entonces, los migrantes sin papeles eran audaces e incluso jugaban al fútbol en suelo estadounidense mientras vendedores ambulantes ofrecían tamales y tacos. Era demasiado peligroso patrullar los sitios donde se jugaban los partidos, de modo que los agentes se apostaban a casi un kilómetro (media milla) y esperaban que cayese la noche, cuando los migrantes intentaban internarse en territorio de Estados Unidos.

"Con un poco de suerte uno detenía más gente de la que lograba cruzar", recordó McDermott, quien se jubiló en el 2008. "Uno atrapaba a los que podía, a sabiendas de que volverían antes del amanecer".

La oleada comenzó a ceder cuando el gobierno lanzó la "Operación Gatekeeper" en 1994, inspirada por una campaña realizada el año previo en El Paso, Texas. Se asignaron 1.000 agentes adicionales a San Diego, quienes estacionaron sus vehículos junto a una valla de 2,5 meros (ocho pies) formada por colchonetas sobrantes del ejército y se negaron a ceder un centímetro.

A medida que disminuían los arrestos, aumentaban los precios de las viviendas. En el 2001 abrió un centro comercial de tiendas minoristas pegado a la frontera. Hoy tiene locales de Brooks Brothers, Polo Ralph Lauren y Coach.

La llegada de más agentes ayudó a controlar la ruta hacia San Diego. En el 2009 se completó una valla de 5,5 metros de altura (18 pies) y con una extensión de 22,5 kilómetros (14 millas) hasta el Pacífico. La mitad tiene alambre navaja en la cima. Una carretera de tierra que cruza un sector conocido como "el Barranco de los Contrabandistas", que los agentes recorrían lentamente, dio paso a una arteria llana, transitable con cualquier tipo de clima, que costó 57 millones de dólares.

El año pasado la Patrulla Fronteriza asignada al sector de San Diego, que vigila 108 kilómetros (60 millas) de frontera terrestre, hizo menos arrestos que nunca desde 1968. Los agentes tuvieron un promedio de 11 detenciones cada uno, una cifra que maravilla a los veteranos.

"No digo que sea imposible, pero es cada día más difícil cruzar la frontera por aquí", dijo Steven Pitts, portavoz de la Patrulla.

Luego de la Operación Gatekeeper, los contrabandistas cambiaron de tácticas. Bombardearon a los agentes con piedras, en la esperanza de armar revuelo y que se abriesen huecos cuando los efectivos de otro sector acudían a ayudar. O un grupo saltaba el muro por un sitio para distraer a los agentes, mientras otro cruzaba por otro sector.

Ahora surgieron otras amenazas. Las autoridades detectaron 210 intentos de ingresar ilegalmente personas y drogas por el mar en el año fiscal 2012, cuarenta y cinco más que cuatro años atrás. Un guardia costero falleció en diciembre al ser golpeado por una embarcación que se cree transportaba contrabando.

Y casi la totalidad de los más de 70 túneles descubiertos en la frontera desde octubre del 2008 se encuentran en San Diego y Tijuana. Algunos tenían ascensores hidráulicos y rieles para carritos. Allí se hallaron varios de los cargamentos de marihuana más grandes jamás confiscados en Estados Unidos.

Todavía hay gente que trata de cruzar por lo que fuera alguna vez la ruta más transitada por la inmigración no autorizada. Mientras se aprestaban a desayunar en un refugio para migrantes de Tijuana, José y Jesús Scott señalaron hacia un hombre que lo había intentado. Fue descubierto en cuestión de segundos y se lastimó una pierna al tratar de saltar el muro.

Scott, quien cruzaba la frontera con un pariente con facilidad hasta el 2006, dijo que él y un primo trataron de ingresar en enero por una ruta de montaña que toma tres días y fueron descubiertos dos veces. Scott, de 31 años, estaba tentado de regresar a una localidad cerca de Guadalajara donde tiene a su esposa y dos hijas. Pero tiene fuertes raíces en Los Angeles, ciudad en la que puede conseguir trabajos como cocinero por los que cobra hasta 1.200 dólares a la semana y dice que intentará hacer el cruce una tercera vez.

"Hay que ser inteligente y tener mucha suerte", expresó. "Este es un nuevo mundo".

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EL PASO, Texas

Barras de acero todavía protegen muchas casas en el barrio de Chihuahuita, cerca del centro de El Paso, un recordatorio de la época en que personas que habían ingresado al país sin autorización irrumpían en las viviendas en busca de comida o para esconderse de la Patrulla Fronteriza. Carmen Silva recuerda esos días. A sus 90 años de edad, dice que los intrusos se escondían debajo de automóviles y en los patios de las viviendas. "Ahora no viene nadie", acota.

Patricia Rayjosa vive en el mismo barrio desde hace 18 años. Alguna vez, relató, aparecían 30, 40 ó 50 personas y la Patrulla Fronteriza no podía hacer nada porque estaba desbordada. Muchos cruzaban el río Bravo a nado o en neumáticos.

"Ya no es fácil cruzar", indicó.

A comienzos de la década de 1990, El Paso era la segunda ruta más usada por quienes ingresaban al país sin autorización, sólo superada por San Diego. Hasta que en 1993 la Patrulla Fronteriza puso en marcha la "Operación Hold the Line" (No Pasarán), la primera de una serie de iniciativas destinadas a retomar el control de la frontera sudoccidental.

Hubo un cambio de estrategia y ya no se puso énfasis en la detención de personas sino más bien en impedirles ingresar al país. El impacto fue casi inmediato. En cuestión de meses, la cantidad de cruces ilegales bajó de 10.000 por día a 500, de acuerdo con un informe de la Contraloría General de 1994.

Igual que en San Diego, mermaron los robos de casas y de autos en barrios como Chihuahuita. Y también las detenciones, que bajaron de las 286.000 de 1993 a 9.700 el año pasado en un tramo que abarca 431 kilómetros (268 millas) entre Texas y Nuevo México. La cantidad de agentes de la Patrulla Fronteriza, por otro lado, subió de los 608 de 1993 a los 2.700 de hoy.

Para el alcalde de El Paso, vincular la reforma migratoria a una mejoría en la seguridad de la frontera no tiene sentido.

"La frontera es más segura que nunca. ¿Qué tan seguro es seguro?", preguntó. "Algunas de las personas que proponen estas ideas no saben de lo que están hablando".

"Quisiera que viniesen y viesen lo que pasa aquí", agregó.

Sin embargo, no hay que adentrarse demasiado en el desierto de Nuevo México para darse cuenta de que los problemas persisten.

Marcus Martínez, jefe de la policía de Lordsburg, recuerda un incidente de enero en el que el gerente de un hotel salió a fumar un cigarrillo y vio una caravana de vehículos que cruzaban velozmente la ciudad. Cuatro de esos autos fueron detenidos más adelante, a 125 kilómetros (80 millas) de la frontera, y en ellos se encontraron seis toneladas de marihuana.

Patrick Green, de la oficina del alguacil de Lordsburg, dice que eso es sólo parte del problema. Así como hay personas y drogas que viajan sin permiso hacia el norte, hay dinero y armas que van al sur. Asegura que lidia constantemente con denuncias de personas que dicen que intrusos ingresaron a sus propiedades.

"Si ponemos más gente, se irán a las montañas", sostuvo el agente Green. "Siempre estarán un paso adelante de nosotros".

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MCALLEN, Texas

En el valle del río Bravo han surgido pujantes ciudades y más de 1,2 millones de personas viven en tan sólo dos condados fronterizos al sur de Texas. Una cantidad similar reside en Matamoros y Reynosa, al otro lado de la frontera.

Aquí, quienes cruzan sin autorización no tienen que hacer largos trayectos por el desierto para mezclarse con la comunidad.

Por eso se construyó un muro, para lo que se confiscaron terrenos de unas 400 personas. El muro dividió en dos numerosas propiedades y fue considerado una verdadera ofensa hacia una región bicultural y bilingüe que se considera a sí misma una comunidad, formada por las urbes a ambos lados de la frontera.

Más efectivo, dicen los locales, ha sido la llegada de más agentes fronterizos. Hay 2.546 en el Valle del Río Bravo en la actualidad, casi siete veces más que hace 20 años.

Y mientras que algunos agentes todavía patrullan a caballo, la mayoría son ayudados por gafas de visión nocturna y aviones teledirigidos Predator que vigilan desde 5.800 metros de altura (19.000 pies) con poderosas cámaras infrarrojas.

Las definiciones de una frontera segura varían aquí, pero existe un consenso de que esa premisa no debe ser un obstáculo para una reforma de la inmigración.

Tony Garza recuerda ver el flujo de peatones entre Brownsville y Matamoros desde la gasolinera de su padre a unos pasos del puente internacional. Recuerda a los trabajadores migrantes que cruzaban el campo de golf junto al hoyo 11 hacia el norte por las mañanas, hacia el sur por la tarde. Y durante la celebración anual de las ciudades hermanas a nadie le pedían que mostrase el pasaporte. Se esperaba simplemente que la gente regresase.

Garza, un republicano que fue embajador en México desde el 2002 hasta el 2009, dice que es fácil sentir nostalgia por esos tiempos, pero entonces se recuerda a sí mismo que él pasó su infancia en un pueblo de menos de 5.000 habitantes que es ahora una ciudad de más de 200.000.

La frontera aquí es más segura por las enormes inversiones de años recientes, pero se siente menos segura porque el delito ha cambiado, dice. Parte de ello tiene que ver con organizaciones criminales transnacionales en México y parte con la realidad del crimen en una ciudad grande.

La reforma, dice Garza, "permitiría concentrar los recursos en esas actividades que realmente hacen la frontera menos segura en la actualidad".

Monica Weisberg-Stewart nació y se crió en McAllen, una hora al norte. Su padre tenía una tienda en el centro de la que ella está a cargo ahora, llena de calcetines, ropa interior y joyería. Comparte la opinión de Garza de que las cosas se sienten menos seguras ahora, pero dice que eso tiene más que ver con el crecimiento del área que con lo que está sucediendo en México.

"Pienso que definitivamente éste era el mejor lugar para tener mi familia", dijo, "y sigo pensando que es así hoy".

Lupe Treviño, alguacil del condado de Hidalgo, señala que el contrabando de drogas, armas y personas no es nada nuevo en la frontera. La diferencia es la atención que la violencia de la droga en México ha atraído a la región en años recientes.

Treviño insiste en que su condado, que incluye McAllen, es seguro. La tasa de delitos está bajando y los inmigrantes no autorizados son una pequeña porción de los reclusos en sus cárceles. Pero a la pregunta de si la frontera es segura, Treviño dice sin titubear: "Absolutamente no".

"Cuando estás descubriendo casas de contrabando humano en las que entre 60 y 100 personas están apiladas en una casa de dos o tres dormitorios por semanas, ¿cómo puedes decir que la frontera está segura?"

La opinión de Treviño, no obstante, es que esas personas pudieran no estar allí si tuviesen una vía legal para trabajar en Estados Unidos.

"La reforma de inmigración es lo primero que tenemos que lograr antes de poder decir que hemos asegurado la frontera", dijo.

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NOGALES, Arizona

Adondequiera que va en su hacienda ganadera, Jim Chilton tiene lista su arma. Tiene armas junto a la puerta de su casa, en su camioneta, en la montura de su caballo. ¿Su temor? Toparse con un bandido o con un contrabandista en su tierra al noroeste de Nogales.

El ganadero Gary Thrasher se encuentra frecuentemente con inmigrantes corriendo por su propiedad al este de Douglas, Arizona, y su familia vive asustada. Los pueblos junto a la frontera están protegidos, dice. ¿El resultado?

"Eso manda el tráfico a nuestros patios", afirma.

La cuestión de seguridad fronteriza es muy personal para muchos en el sur de Arizona. Fue aquí, en el 2010, que el ganadero Robert Krentz fue muerto a tiros cuando revisaba tuberías de agua en su propiedad cerca de Douglas. Las autoridades piensan que el asesino estaba involucrado en contrabando.

Ese mismo año, el agente de la patrulla fronteriza Brian Terry murió en un tiroteo con pistoleros mexicanos que enfocó la atención en el fallido programa federal contra el contrabando de armas llamado "Rápido y Furioso".

"La frontera no está segura", dijo Chilton. "Sin discusión".

Definir "frontera segura" en Arizona no es fácil. Apenas la semana pasada, cuando el senador republicano John McCain realizó dos asambleas populares sobre la reforma a las leyes de inmigración en el estado, un hombre en el público gritó que solamente armas de fuego desalentarían a los inmigrantes no autorizados. Otro dijo que éstos eran invasores analfabetos que querían usar prestaciones estatales gratuitas.

Las batidas en Texas y California en la década de 1990 convirtieron la frontera de Arizona en la más transitada por el contrabando humano en los últimos 15 años.

En el 2000, agentes en el sector de Tucson hicieron más de 616.000 arrestos, cerca del nivel más alto de todos los tiempos en cualquier sector fronterizo. Entonces la agencia contrató a más de 1.000 nuevos agentes y la economía se desplomó. Iniciativas estatales como la que exige pedir documentos si se sospecha que una persona está en el país sin permiso podrían también haber espantado a los inmigrantes no autorizados.

Resultado: el sector tuvo 120.000 aprehensiones en el año fiscal 2012.

Pero en el mismo tiempo, la cantidad de drogas confiscadas en Arizona ha aumentado considerablemente. Agentes confiscaron más de 450.000 kilogramos (un millón de libras) de marihuana en el sector de Tucson el año pasado, más del doble de la cantidad decomisada en el 2005.

En Nogales, al aguacil Tony Estrada tiene una perspectiva única sobre seguridad fronteriza y reforma de inmigración. Nacido en Nogales, México, Estrada se crió en Nogales, Arizona, tras inmigrar a Estados Unidos con sus padres. Ha sido agente de organismos policiales en la comunidad desde 1966.

Estrada culpa de los problemas de seguridad en la frontera no solamente a los cárteles de la droga, sino también a la demanda estadounidense de drogas. Hasta que eso disminuya, nada va a cambiar.

"Las drogas van a seguir viniendo. La gente va a seguir viniendo. Lo único que se puede hacer es contenerlo todo lo posible", dijo. "Pienso que la frontera es todo lo segura que puede ser, pero que la gente quiere que sellemos la frontera y eso no es realista".

Cuando se le pregunta por qué, él responde simplemente: "Es la naturaleza de la frontera".

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Spagat reportó desde San Diego, Llorca desde El Paso, Sherman desde McAllen y Skoloff desde Phoenix. También contribuyó a este reportaje la periodista de la AP Cristina Silva en Phoenix.