Los juegos olímpicos terminaron el domingo con una ceremonia indulgente que contrastó con el tono mordaz y autocrítico de su inauguración. Dos espectáculos diferentes que le dejaron claro a China que, al igual que un oligarca disminuido, las viejas potencias tienen en su capital cultural gasolina para rato. No sorprende: los ingleses compusieron la banda sonora de los últimos sesenta años.

Lo que no deja de impresionar es el atractivo mediático de las juegos en sí mismos. Un tinglado donde las antípodas del éxito y el fracaso convierten a los atletas en los protagonistas de un drama transmitido en vivo y en directo a todo el mundo. La complacencia cursi de la ceremonia de clausura (Old Spice Girls incluídas) tuvo ese mérito: evidenciar que el mundo del sudor tiene mucho más en común con los escenarios y la cultura mediática de lo que estamos dispuestos a aceptar. Una rigurosa puesta en escena para copar un medallero que es, además, facsímil de otras luchas. La herencia del barón de Coubertin, un hombre del siglo XIX, nacionalista , militarista y nostálgico del pasado, no podía ser más obvia.

Y ya que llegamos a ese terreno: en los juegos Estados Unidos logró el primer lugar seguido por la ya omnipresente China; Gran Bretaña revalidó su papel de abuelo colonial (demostrando al mismo tiempo un cinismo magnífico: durante la clausura el estadio de Strattford coreó Imagine , de Lennon, sin que a nadie le temblara la voz ante el recuerdo del expolio, Malvinas incluidas.); Rusia sigue estando al acecho y África y Latinoamérica, sin sorpresa, conservaron los puestos de siempre. Dentro de ese conjunto, México y Colombia obtuvieron resultados históricos.

En todos los casos, la emotividad del espectáculo cubre realidades menos edificantes: mientras Colombia sucumbe a un fervor nacionalista merecedor de mejores razones, olvida que el país es el tercero en el mundo con el peor índice de desigualdad (una medalla de bronce vergonzante); en México la resaca de su victoria ante Brasil dio a Enrique Peña Nieto la oportunidad de oro para borrar todas las fotos incómodas de su perfil de Facebook; sin mencionar la amnesia temporal sobre la violencia del narco. ¿Alguien sabe que en Estados Unidos se avecina la sequía más grave de las últimas décadas? ¿Qué en Rusia encarcelan a una chicas de un grupo de punk por cantar contra el gobierno? ¿Qué en Siria hay una guerra fratricida que a nadie le importa?

Pareciera que los atletas olímpicos tienen una función holográfica cada cuatro años: la de reproducir una visión de mundo que cubra con sudor y la dignidad del esfuerzo físico las grietas de una herencia ya demasiado pesada. Las potencias mundiales, dueñas del espectáculo, los preparan con ardor oportunista: la pacata prensa estadounidense ha denunciado los métodos del estado Chino para producir medallistas sin ver en la pobreza material de sus propios atletas y en el criticable sistema de centros privados de entrenamiento una barrera más gravosa que la burocracia deshumanizadora de los regímenes totalitarios (un dato esclarecedor: el 50% de los miembros del equipo de atletismo de los Estados Unidos, la joya de la corona, y que están en el grupo de los 10 mejores de su especialidad, ganan menos de $15.000 anuales producto de su actividad deportiva, según The Nation). En definitiva: unos y otros obnubilados por la cuenta neurótica de medallas, concentrados menos en sus deportistas y más en la imagen televisiva que cada cuatro años confirme su posición en el mundo.

Claro, al final está el esfuerzo individual de los atletas y el drama real de seres humanos cuya acción hace parte de un escenario que los sobrepasa. A veces sus historias quiebran la hipnosis, a veces sus logros producen otras rupturas: existen los gestos espontáneos que dan en el blanco. En México, recién ganada la medalla contra Brasil y antes de la última de bronce, un repentista anónimo hizo un cálculo rápido: una de oro, tres de plata, dos de bronce. México es 132. A pesar de todo, sin esos dos goles de Oribe Peralta no hubiera sido posible. 

Diego J. Bustos puede ser contactado en dbustosd@gmail.com; síguelo en Twitter en @Dbustosd