Lo que no deja de impresionar es el atractivo mediático de las juegos en sí mismos. Un tinglado donde las antípodas del éxito y el fracaso convierten a los atletas en los protagonistas de un drama transmitido en vivo y en directo a todo el mundo. La complacencia cursi de la ceremonia de clausura (Old Spice Girls incluídas) tuvo ese mérito: evidenciar que el mundo del sudor tiene mucho más en común con los escenarios y la cultura mediática de lo que estamos dispuestos a aceptar. Una rigurosa puesta en escena para copar un medallero que es, además, facsímil de otras luchas. La herencia del barón de Coubertin, un hombre del siglo XIX, nacionalista , militarista y nostálgico del pasado, no podía ser más obvia.
Y ya que llegamos a ese terreno: en los juegos Estados Unidos logró el primer lugar seguido por la ya omnipresente China; Gran Bretaña revalidó su papel de abuelo colonial (demostrando al mismo tiempo un cinismo magnífico: durante la clausura el estadio de Strattford coreó Imagine , de Lennon, sin que a nadie le temblara la voz ante el recuerdo del expolio, Malvinas incluidas.); Rusia sigue estando al acecho y África y Latinoamérica, sin sorpresa, conservaron los puestos de siempre. Dentro de ese conjunto, México y Colombia obtuvieron resultados históricos.
En todos los casos, la emotividad del espectáculo cubre realidades menos edificantes: mientras Colombia sucumbe a un fervor nacionalista merecedor de mejores razones, olvida que el país es el tercero en el mundo con el peor índice de desigualdad (una medalla de bronce vergonzante); en México la resaca de su victoria ante Brasil dio a Enrique Peña Nieto la oportunidad de oro para borrar todas las fotos incómodas de su perfil de Facebook; sin mencionar la amnesia temporal sobre la violencia del narco. ¿Alguien sabe que en Estados Unidos se avecina la sequía más grave de las últimas décadas? ¿Qué en Rusia encarcelan a una chicas de un grupo de punk por cantar contra el gobierno? ¿Qué en Siria hay una guerra fratricida que a nadie le importa?
Pareciera que los atletas olímpicos tienen una función holográfica cada cuatro años: la de reproducir una visión de mundo que cubra con sudor y la dignidad del esfuerzo físico las grietas de una herencia ya demasiado pesada. Las potencias mundiales, dueñas del espectáculo, los preparan con ardor oportunista: la pacata prensa estadounidense ha denunciado los métodos del estado Chino para producir medallistas sin ver en la pobreza material de sus propios atletas y en el criticable sistema de centros privados de entrenamiento una barrera más gravosa que la burocracia deshumanizadora de los regímenes totalitarios (un dato esclarecedor: el 50% de los miembros del equipo de atletismo de los Estados Unidos, la joya de la corona, y que están en el grupo de los 10 mejores de su especialidad, ganan menos de $15.000 anuales producto de su actividad deportiva, según The Nation). En definitiva: unos y otros obnubilados por la cuenta neurótica de medallas, concentrados menos en sus deportistas y más en la imagen televisiva que cada cuatro años confirme su posición en el mundo.
Claro, al final está el esfuerzo individual de los atletas y el drama real de seres humanos cuya acción hace parte de un escenario que los sobrepasa. A veces sus historias quiebran la hipnosis, a veces sus logros producen otras rupturas: existen los gestos espontáneos que dan en el blanco. En México, recién ganada la medalla contra Brasil y antes de la última de bronce, un repentista anónimo hizo un cálculo rápido: una de oro, tres de plata, dos de bronce. México es 132. A pesar de todo, sin esos dos goles de Oribe Peralta no hubiera sido posible.
Diego J. Bustos puede ser contactado en dbustosd@gmail.com; síguelo en Twitter en @Dbustosd




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