(Foto tomada de Internet)


José Doroteo Arango nació en Colombia. Para más señas en Medellín, entre gente humilde. Se evadió a tierras del norte para sacarle el bulto a un crimen de sangre, según unas versiones; o de la mano de sus padres, niño, según otras.

En Chihuahua se habrá hecho revolucionario, Durango lo habrá adoptado como suyo; pero fue en Antioquia donde Pancho Villa, azote y redentor -emblema en todo caso-, se hizo carne.

Eso es, por lo menos, lo que informa una entrada apócrifa (o no) de una enciclopedia editada en los años treinta del siglo pasado. Es también cotilleo recurrente de salón, el resultado que arroja internet cuando las palabras Villa y Colombia se insertan juntas en cualquier búsqueda.

Más allá de los malentendidos, de la vocación tergiversadora del chisme y la era digital, la anécdota reafirma una intuición ilustrada por muchos ejemplos: el juego especular entre México y mi país. Porque los colombianos tenemos una forma genuina de actuar que consiste en ser mexicanos.

No es una contradicción. Al contrario, es una afirmación de gustos, de manías, de gestos.

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Puedo citar ejemplos hasta cansarme: los niños gozan con el Chavo del Ocho como sus padres lo hicieron con Cantinflas; miles de quinceañeras insomnes agobian de rosado y pathos las metrópolis de las dos repúblicas; los mismos gritos que ambientan la lucha libre en el D.F. inundan un coliseo de Bogotá ; y en Bogotá, otra vez, se extiende por cuadras la mayor aglomeración de mariachis por metro cuadrado en esa parte del continente.

También hay coincidencias menos felices. Los carteles de narcotráfico pusieron en jaque la institucionalidad colombiana en las décadas de los ochenta y noventa. Una situación que quedó grabada en el inconsciente colectivo hasta tal punto que Hillary Clinton, no hace mucho, recordó la tragedia del país suramericano y la comparó con la actual de México.

A pesar de las coincidencias, o tal vez por culpa de ellas, esa comparación no puede ser más desafortunada. Aunque el origen de la enfermedad es el mismo (el alucinante margen de ganancias en la producción, distribución y venta de un producto que es ilegal), los escenarios son diferentes.

En primer lugar los actores y naturaleza del conflicto. En Colombia la simpleza de éste contrastaba con lo trágico de sus consecuencias: el todopoderoso Pablo Escobar, en una cruzada donde la profesión de fe era la oposición a la extradición, le declaró la guerra al estado.

Por el contrario, en México ningún capo lo ha hecho directamente, y lo que se observa es una batalla campal entre diferentes grupos para controlar las rutas y zonas de influencia. La extradición nunca ha estado sobre la mesa.

Las condiciones históricas y geográficas de los dos países también difieren. Es lo que va del federalismo al centralismo en sus implicaciones políticas. La larga noche del PRI, a punto de regresar con la cara lavada, es una situación que no tiene parangón en ninguna parte del continente.

Colombia está muy cerca de Dios y muy lejos de los Estados Unidos. Todo ello le imprime a las dos situaciones dinámicas propias. Por ejemplo a las maneras en que el poder corruptor del narcotráfico se ha ido apropiando de la política local o de los cuerpos de policía.

Y no está de más nombrar lo obvio: a pesar de la existencia de los Zapatistas, el nivel de la violencia guerrillera en Colombia es mayor: unas organizaciones (las FARC, el ELN) que además intervienen de manera directa en la producción y distribución de la cocaína. Los paramilitares, la siniestra respuesta a los grupos armados de izquierda, hacían, y hacen aún bajo el nuevo nombre de BACRIM (bandas criminales), otro tanto.

Las dinámicas de violencia en las ciudades son distintas. También las tácticas criminales. Hace poco, nervioso por unas motos que adelantaron el carro en que íbamos, una amiga mexicana me recordó que en su país los sicarios no tienen ese modus operandi.

Tal vez sea esclarecedor volver a la historia del principio. Pablo Escobar se disfrazaba de Pancho Villa. Le gustaba. Lo podemos ver en una fotografía de la época: ataviado con el sombrero ranchero, el poncho, las cananas cruzándole el pecho.

Nadie que lo vea puede afirmar que en el momento de la instantánea él mismo no se creía emblema; azote y redentor. La mirada bravía hacía rato. Nadie, mirando esa fotografía se atrevería a decir que Pancho Villa no es colombiano. Pero al mismo tiempo es evidente la simulación, la pose incómoda del facsímil. Entender la distancia entre esa mirada inconmovible, altanera, y el anacronismo inconveniente de su dueño.

Por allí pasa la posibilidad de asomarse a la realidad siniestra, en tanto conocida pero dispar, de nuestros países.

Diego J. Bustos Deaza puede ser contactado en dbustosd@gmail.com

Twitter: @Dbustosd