Octavio Rivera López
Octavio Rivera López (Cortesía)
¿Se conjurará la venganza?

Millones de mexicanos están hoy completamente hartos de la violencia que azota al país. Para su desgracia, los días aciagos que vive México están muy lejos de llegar a su fin.

El futuro luce desolador no sólo porque cada día que pasa queda más claro que la estrategia del gobierno federal contra los grupos criminales está condenada al fracaso.

Mi pesimismo se fundamenta más bien, y sobre todo, en la constatación de que el crimen organizado logró penetrar y conquistar amplios espacios de la sociedad mexicana (al menos de una parte de ella) que será muy difícil arrebatarle aunque pasen muchos años e incluso, aunque algún día el Estado mexicano logre poner alguna especie de orden en el país.

Las bandas criminales, por decirlo de algún modo, se nos metieron hasta la cocina.

Los grupos mafiosos, en su lucha por el control de territorios, apuntaron primero al más delgado y frágil de los eslabones de la estructura política del país: los municipios. En pocos años lograron conquistar cientos, poniendo bajo sus órdenes a alcaldes y cuerpos policiacos locales.

Luego siguieron con los gobiernos y cuerpos de seguridad estatales y, más tarde, coparon y corrompieron a instituciones y funcionarios federales para asegurarse impunidad y prosperidad en su negocio.

Y lo hicieron conformando ejércitos de asesinos, extorsionadores, lavadores de dinero, administradores, contadores, traficantes, halcones y políticos cómplices, con hombres y mujeres que eran amigos, padres, madres, esposos, esposas, hermanos, tíos, novias, sobrinos e hijos de gente como usted o como yo.

Las huestes del crimen organizado que azotan al país no llegaron de Marte. Son mexicanos, como usted y como yo que, por ambición de riqueza o anhelos de poder, decidieron unirse a bandas delictivas que todos los días asesinan, extorsionan, secuestran y sumen en el terror y el dolor a cientos o miles de sus compatriotas.

¿Qué pasará en el futuro con esos mexicanos que ayudaron a construir la tragedia de miles de otros mexicanos y sus familias? ¿Qué harán después de que termine la guerra, si es que algún día termina? ¿Podrán conjurarse todos los planes de venganza que ha dejado la batalla? Son muchas las heridas que esta guerra está dejando abiertas. Es mucho el odio y el rencor que se ha ido acumulando, especialmente en aquellos pueblos y ciudades que, para desgracia de su gente, quedaron convertidos en la primera línea de esta batalla.

De esto es de lo que estoy hablando: hace ya un par de años, el cuerpo desmembrado de un joven apareció en la calle principal de un pueblo de Tamaulipas. Dos días tardó la madre del difunto en aparecer para reclamar en la morgue los restos de su hijo. Al menos tres vecinos del lugar identificaban al muchacho como miembro de una banda de extorsionadores y pistoleros vinculada con un cartel de la droga. Extraoficialmente, las autoridades informaron que su muerte había sido producto de un ajuste de cuentas entre bandas rivales.

No hubo funeral, sólo un entierro expedito. La madre, un par de días más tarde, desapareció del lugar por temor a represalias. Nadie supo a dónde huyó. Y desde entonces, recurrentemente, se me vienen las mismas preguntas a la mente:

¿Cuántas veces habrá intentado imaginar esa mujer la magnitud del dolor que enfrentó su hijo antes de morir? ¿Cuántas veces se habrá preguntado a cuántas personas les quitó la vida su hijo? ¿Cuántas veces se habrá preguntado qué hizo tan mal para no poder impedir el siniestro destino de su muchacho? ¿Cuántas noches habrá pasado despierta preguntándose en qué momento llegarán por ella los huérfanos o los hermanos o los amigos de las víctimas de su heredero?

El dolor de esa madre, y el de las familias de las víctimas que pudo haber acumulado su hijo son evidencia de esas heridas que seguirán haciendo aciagos nuestros días en el futuro, aunque ya haya miles de mexicanos que estemos completamente hartos de la violencia que afecta nuestras vidas.

Octavio Rivera López puede ser contactado en mexicoenjaque@gmail.com